El Deseo de la Luna

Tengo tantos años que casi no existen números para escribirlos, y tantos nombres como épocas y pueblos han visto mis ojos. He sido: Mamá Quilla, Bimbaio, Nick, Bilquis-Ilumpuh, Nannar, Khonsu, Ishtar, Selene, Chia, Máni, Coyolxauhqui, Tsukuyomi y tantos otros.

No importa el nombre, soy la que ilumina, la Reina del Cielo, la Diosa Madre. Soy la que velo vuestros sueños y alumbro vuestros desvelos. Desde el principio de los tiempos habéis vuelto los ojos hacia mí, e implorando mi nombre, me habéis  pedido las cosas más dispares. Decís que tengo una cara oculta, es donde guardo sacos repletos con vuestros deseos y súplicas. Controlo las mareas y los ciclos menstruales, mis movimientos dan lugar a los meses, no hace mucho median el tiempo por lunas. Todo lo veo, pero no puedo intervenir.

Os he visto nacer, crecer y morir. Os he visto amaros bajo mi luz. Me habéis dedicado poemas y canciones. Me gusta cuando me cantan los niños:

LUNA, LUNERA,

CASCABELERA,

LOS OJOS AZULES

Y LA CARA MORENA.

LUNA, LUNERA,

CASCABELERA,

DEBAJO DE LA CAMA

TIENES LA CENA.

LUNA, LUNERA,

CASCABELERA,

CINCO POLLITOS

Y UNA TERNERA.

LUNA, LUNERA,

CASCABELERA,

TOMA UN OCHAVO

PARA CANELA.

Mi privilegiada posición me permite asomarme a vuestras ciudades, aldeas, pueblos. ¡Son tantos! Mi vista ya no es lo que era y en estas fechas ¡ponéis tanta luces! que hacen reflejo y no atisbo a ver nada. Aunque la ocasión bien lo merece, celebráis el nacimiento del Niño Dios. Por unos días vuestros corazones se llenan de amor y buena voluntad —qué pena que sean tan pocos— en recuerdo de aquél bebe de Nazaret.

Aquél niño iba a ser especial, lo supe nada más ver a sus padres que, huyendo para protegerlo, se refugiaron en un pesebre donde ella parió, yo estaba allí, en primera fila, y también presencié como acudían los pastores y la estrella de Oriente que se acercaba guiando a los Magos.

Le vi crecer mientras ayudaba a su padre en la carpintería y le seguí cuando salió al mundo para ayudar a los pobres, los oprimidos, los pecadores, los marginados, y allí estaba, iluminando la noche en que lo crucificaron.

Desde entonces, por estas fechas, miro con más detenimiento por si volviera. Presiento que este año volverá a ocurrir.

Mirando una de vuestras grandes ciudades, llena de ruido y luces, en una calle alejada, más oscura que las demás, veo a una mujer caminando bajo la nieve, sus manos sujetando una abultada barriga que le impide andar, de pronto se detiene con un estremecimiento y veo como corre una especie de agua entre sus piernas, se asusta y mira en derredor, pero no hay nadie, se refugia en un portal que encuentra abierto y como puede se recuesta en los escalones; de pronto empiezan los dolores de parto, me acerco aún más ¡no debo perderme detalle!

Al oír los lamentos empiezan a asomarse a las puertas los vecinos, unas mujeres acuden a ayudarla. Un rato después se oye el llanto de un niño. No puedo apartar mis ojos de esa escena, tan diferente y sin embargo tan parecida. Veo la estrella de Oriente acercándose, quizá esté guiando a los Magos.

Yo nunca he pedido deseos, pero esta vez pediré uno para vosotros. ¡Deseo que sea Él! Tantos pobres, oprimidos y marginados le necesitan.

¡Qué estas Navidades sean las primeras de un nuevo mundo mejor!

LA LUNA

CUENTO DE HADAS

Crecemos con los cuentos de hadas, las princesas encantadas, los príncipes azules y los castillos de ensueño. Pasa el tiempo creces y creces y te das cuenta que tu realidad nada tiene que ver con los cuentos, pero queda el poso, y te sigues sintiendo una cenicienta en espera de su príncipe, y da la casualidad que lo encuentras: en realidad ni es príncipe ni tiene castillo, pero da igual, lo construyes con él, pones  unos cimientos de amor, trabajo, decencia ; y tu castillo va subiendo, una planta, dos, una muralla bien robusta que resista las embestidas, con sus almenas bien altas para atisbar en el horizonte el ataque de posibles enemigos e incluso un foso ( si no encuentras cocodrilos, pones lagartijas, ya crecerán), para hacer más inexpugnable tu castillo.

Y pasa el tiempo, y tu castillo no es el de Fantasía de Disney, pero dentro tienes a tu rey, un príncipe y una princesa, ¡que  ya hubiera querido Walt para su película!. Y los muros cada vez más altos, más fuertes.

Y sigue pasando el tiempo, tu princesita encuentra a su príncipe (que a ti no te guste da igual, tragas), como es tu princesa aceptas las visitas de su  príncipe, incluso le asignas alguna tarea relacionada con tu reino (pagando eso sí) y sigue pasando el tiempo.

Tu princesita ya había decidido que estudiar no iba con ella y como siete pares de…, ella sola buscó y encontró trabajo, como para tu reino no son necesarios sus ingresos, los ahorra para hacerse el suyo propio.

Y pasa y pasa el tiempo y vuelan  sus ahorros porque a su príncipe (pobre, no puede trabajar, tuvo un accidente y tiene mal la espalda) hay que ayudarle a comer, a vestir,  a vivir en un lugar mediamente decente; y ningún vestigio de castillo en el horizonte.

Y pasa y pasa y pasa el tiempo, y ya no puedes más y le dices al príncipe que es un mantenido y la princesita se va dando cuenta, y piensa y piensa y le dice al príncipe que ese no es su cuento.

Entonces es cuando el príncipe destronado arremete contras tus muros, a fuerza de golpear abre boquetes en ellos, pero las almenas siguen firmes y  los cimientos bien anclados al suelo.

Nos deberían contar de pequeñas lo que pasaba después del “fueron felices y comieron perdices”.

DESENCUENTROS

No le gusta el sonido de los zapatos, y hoy especialmente menos, lleva unos tacones que suenan a metal cuando pisa la acera; por eso camina más despacio que de costumbre, por eso y porque teme llegar a casa.

Desde hace algún tiempo es una angustia , ya sabe lo que va a encontrar: reproches, malas caras y una lista de las cosas que  ha olvidado hacer y otra de las que ha hecho mal. Últimamente para él, todo lo hace mal.

No sabe cuándo cambio todo, cuándo dejó de ser el hombre que la amaba más que a su vida, que estaba pendiente de ella y todo se le hacía poco para contentarla.

Quizás sí que sabe la causa. Llevan 10 años casados y no tienen hijos, lo han intentado todo y no consigue quedarse embarazada. Él no se lo dice, pero sabe que la culpa a ella.

Le quiere con toda su alma, siempre lo ha querido. Bueno, hubo un  momento, antes de empezar a cambiar él, que se sintió atraída por un amigo, y hubo un pequeño flirteo entre ellos, que no llegó a más. El nunca se enteró.

Ya llego a casa, ¡Por favor, que esté de buen humor!.

Las nueve, tendría que haber llegado hace media hora, ¿dónde estará?. Me va a volver loco esta incertidumbre.

Hace tiempo que la encuentro rara, desde que me enteré del tonteo con su amigo, nunca le he dicho que lo sé, ni se lo diré. Lo que no se dice es como si no hubiera pasado. De alguna manera la comprendo, su frustración por no poder ser madre le hace buscar otros alicientes. La culpa es mía por no poder darle hijos. Pero no soportaría perderla, es mi vida.

Por eso estoy casi siempre enfadado, le recrimino tonterías que en realidad no me importan, todo es por llamar su atención, que sepa que estoy ahí, y que no vuelva a buscar fuera lo que le puedo dar más que cualquier otro.

Suena la puerta, es ella, ¡Por favor, que esté de buen humor!

 

 

AVENTURAS DE UNA MONEDA

Soy una moneda de cinco céntimos, nací en una casa muy grande, donde vivía con toda mi familia que cada día aumentaba más.

Mis hermanas mayores se reían de mí, decían que valía muy poco y eso me ponía triste.

Pero si pensaba que era triste mi casa, peor fue cuando salí a la calle, tanto ajetreo. Al principio me volví tonta, no sabía donde estaba; poco a poco me fui acostumbrando a estar todo el día de aquí para allá.

Conocí a toda clase de gentes, desde un pobre que pedía a la puerta del metro, hasta una señora llena de sortijas, que ni siquiera se dignó mirarme.

Pasé por tantas manos, que hoy, podría deciros que clase de personas sois, sólo con que vuestras manos me rocen.

Un día se acabó el ir rodando y rodando, fuí a parar a las manos de un niño, que me hizo pasar por la ranura de un elefante de porcelana, en donde vivo feliz, tranquila y muy contenta. El niño viene a verme de vez en cuando y yo le regalo mi risa, haciendo sonar mi metal contra las paredes del elefante.

Para él, si valgo mucho.

UNA MUJER INVISIBLE

Su nombre no importa, de cualquier manera lo olvidarías pronto; ¿cuántas veces lo ha dicho y nadie lo recuerda?

No hay nada destacable en ella, nada que llame la atención. No es alta ni es baja, no es delgada ni gorda, ni guapa ni fea, no es tonta, pero tampoco lista.

Nadie la llama nunca por teléfono, lo ha dado millones de veces, pero su teléfono está mudo.

En las reuniones, no importa el lugar que ocupe, aunque estuviera en el centro, nadie repara en ella.

Durante las conversaciones, cuando alguna vez se atreve a decir algo, a las dos palabras la conversación la acapara cualquier otro, ni siquiera la han oído.

Le gusta ir al parque, antes les echaba pan a las palomas, pero desistió porque no se acercaba ninguna, no la veían. Ahora se limita a sentarse en un banco y ver pasar la vida (que nunca tendrá) por delante de ella.

Cuando llega a casa, si por casualidad coincide con alguien en el ascensor, no la saludan, es como si no existiera. Y al abrir la puerta de su casa, nadie sale a recibirla, ni su gato. Ya ha dejado de comprarle comida porque siempre la tiene que tirar, el gato no la ve y prefiere salir a la calle a buscarla.

Al llegar al trabajo encuentra las tareas que tiene que hacer encima de su mesa, nadie le dice nada. Tiene cientos de compañeros que no saben que está ahí.

Si alguna vez, cuando estéis paseando, sentís como un escalofrío, es ella que acaba de pasar y si alguna vez escucháis un grito desgarrador, que no sabéis de donde proviene, es ella la mujer invisible, que está intentado llamar vuestra atención.

Es muy fácil reconocerla, sólo mirar con atención a vuestro alrededor y allí estará, esperando a deciros de nuevo su nombre.

RICHI Y LA ESTRELLA

 

 

Richi era un niño de ocho años que lo tenía todo para ser feliz, unos padres que lo adoraba y un hermanito pequeño con el que jugaba y que le rompía todos sus juguetes.

 

Cualquier cosa que se le antojaba la tenía, muchas veces incluso antes de pedirla, pues sus padres le compraban todo. Tenía su habitación llena de juegos y juguetes, más de con los que podía jugar; algunos de ellos estaban arrinconados, se había cansado de ellos; ya casi nada le hacía ilusión.

 

Hasta que cumplió los ocho años creció feliz, pero el día de su cumpleaños se levantó triste. La noche anterior, mirando por la ventana, se fijó en el cielo lleno de estrellas y le pareció que había una que brillaba más que las demás y que le sonreía.

 

Al levantarse fue a la habitación de sus padres y les dijo: “Quiero que mi regalo de cumpleaños sea una estrella”. Los padres se miraron asombrados y le preguntaron qué quería decir, Richi les repitió “Quiero una estrella”.

 

Su padre le trajo la estrella más bonita que encontró y lleno de ilusión se la dio; pero Richi al verla dijo: “Esta no es mi estrella, la que yo quiero está en el cielo y no se parece en nada a ésta, la mía sonríe”.

 

Le explicaron que las estrellas no se pueden coger, pero él quería su estrella, no entendía que sus padres, que nunca le negaban nada, no pudieran darle lo que les pedía y que a él le parecía tan sencillo de conseguir. Si estaba allí mismo, bastaba con mirar al cielo y verla.

 

Muy triste se fue a su habitación y se puso a llorar, estuvo llorando un buen rato, hasta que se durmió y soñó que tenía su estrella.

 

Al despertarse estaba contento y no sabía porqué. Fue a lavarse la cara y al mirarse en el espejo, la vio. “Allí estaba la estrella”, por fin la tenía, ahora ya sabía que cada vez que quisiera verla sólo tendría que mirar en el espejo.