EL PRIMER TRABAJO

 

Volviendo la vista atrás, Elena se acordó del primer trabajo que tuvo.

 

 Su padre trabajaba en el comercio y cuando iban a buscarle, a sus hermanas les encantaba ponerse detrás del mostrador y jugar a que eran dependientas. A Elena no, no tenía cualidades, era demasiado tímida para ponerse cara al público. Por eso cuando con 10 años pasó al instituto, les dijo a sus padres que quería que le dieran clases de máquina y taquigrafía.

 

Por aquella época, el futuro de las mujeres (de familia humilde) era estudiar lo justo, buscar un trabajo y la guinda: encontrar un marido que las mantuviera el resto de su vida.

 

Así es que cuando cumplió 14 años, por mediación de un tío suyo, entró a trabajar en la oficina de una empresa de Transportes y Mudanzas, en la calle Humilladero.

 

Estaba muy ilusionada, el trabajo era de lo más fácil, archivar presupuestos, contestar al teléfono, concertar visitas para dar presupuestos, y poco más. Se sentía una persona mayor, tenía un trabajo.

 

La oficina estaba en la entreplanta del edificio y en la tercera planta vivía el dueño con su mujer, que estaba embarazada, y con su hijo, un niño de unos dos años.

 

La mayor parte del tiempo estaba sola en la oficina, el jefe aparecía de vez en cuando, y al final del día llegaban los conductores y los mozos.

 

Eran tres conductores, dos de ellos hermanos, y dos o tres mozos, cubanos, estos no eran fijos dependía del trabajo que hubiera.

 

Uno de los hermanos, Valentín, empezó a interesarse por ella, siempre le andaba detrás. El chico no estaba mal, era alto, delgado, moreno, con el pelo un poco rizado, era un buen chico y trabajador, pero a Elena no le gustaba; si que le tenía mucho aprecio, así es que cuando la invitó a la boda de su hermano, no dudo en acompañarle.

 

Fueron pasando los meses, se sentía una persona mayor, y tenía un trabajo que le gustaba.

 

Una tarde llegó el jefe y dijo que iba a bajar las persianas porque había muchas cotillas. Ella no entendía nada, pero se calló. Al poco empezó a decirle que la quería, que aunque estuviera casado no importaba, que lo que sentía por ella era más fuerte que su mujer y su hijo y un montón de cosas más que Elena ya no escuchaba, estaba paralizada, no se esperaba esto. Se acercó a ella y la besó, no sabía que hacer, donde meterse, como salir de aquello. El se acercó a abrazarla y en ese momento sonó el timbre de la puerta, respiró.

 

Era uno de los mozos que venía por si había trabajo para el día siguiente. El jefe le despachó pronto, Elena aprovechó para salir con el mozo, pues ya había terminado su jornada, pero él le dijo que esperara, que la llevaba en coche porque tenía que dar un presupuesto cerca de su casa.

 

No habló en todo el camino, cuando llegaron a su casa, él entró para saludar a su madre y esta le invitó a una cerveza, que aceptó y después se fue.

 

Elena estaba bloqueada, no sabía que hacer, le daba terror que llegará el lunes y tener que volver a trabajar. Después de mucho pensarlo se lo contó a su hermana y está no dudo en decírselo a su madre que puso el grito en el cielo.

 

El lunes su madre llamó por teléfono al trabajo y dijo que Elena no volvería a ir a trabajar y que le prepararan la liquidación que irían a buscarla. El jefe preguntó por qué y la madre dijo que ya se lo diría en persona cuando fuera.

 

La madre y un tío de Elena, que iba dispuesto a dar de tortas al jefe, fueron a recoger la liquidación. Cuando llegaron a la oficina se encontraron con el jefe, con la mujer de éste y con su hijo. La madre de Elena y el tío no dijeron nada, ¿cómo decir algo delante de un niño y de una pobre mujer embarazada?

NUEVA EN LA OFICINA

 

Elena tenía 39 años cuando entró a trabajar en aquella empresa. En la oficina había dos chicas y un chico. Luisa, de unos 30 años llevaba trabajando en la empresa 8 años, Esther  de 22, hacía un año que estaba allí, y Jesús, el contable, también llevaba unos 7 años.

 

-Os presento a Elena, será vuestra nueva compañera- dijo Tomás, el director y dueño de la empresa.

-Hola Elena, encantada, yo soy Luisa.

-Yo soy Esther, encantada.

-Hola Elena- dijo Jesús.

 

Allí se encontraba, siendo observada y evaluada por aquellas personas. Estas situaciones son las que peor llevaba; estaba acostumbrada a dominar el ámbito en el que se desenvolvía, cuando había situaciones nuevas se empequeñecía.

 

-Este será tu lugar de trabajo, ya te dirán tus compañeros lo que tienes que hacer- dijo Tomás, y añadió – si eres capaz en un año de dominar todos los aspectos de la empresa, que son muchos, aquí puedes ganar mucho dinero (¿??).

-¿Sabes utilizar el ordenador?- dijo Jesús.

-Si, utilizo Word, Dbase, Excel- dijo Elena.

-¿A nivel usuario?-dijo Jesús.

-No, he estado trabajando cinco años en una academia dando clases, entre otras asignaturas, de informática.

-¡Ah!

 

El comienzo fue difícil, no le facilitaron nada, no le encomendaban ninguna tarea, se pasaba los días leyendo el manual del programa específico (que no usaban) del ordenador. Se lo hicieron pasar realmente mal, más de una vez, si no hubiera sido por su situación económica, habría cogido el bolso y se hubiera ido a casa.

 

Era una oficina atípica para aquella época, no estaba informatizada, todo se hacía a mano, el único ordenador que había lo tenía el contable y la especie de ordenador que tenía el programa de la empresa, estaba en un rincón y se utilizaba más bien poco. También había una máquina de escribir (eléctrica, no vayáis a pensar mal), en la que se escribían las cartas y se hacían las facturas.

 

Poco a poco se fue haciendo un hueco, y ya le daban trabajos para hacer, eso sí los que no querían ellos, pero trabajo a fin de cuentas.

 

LAS PALABRAS NO DICHAS

 

        Para Elena, Jorge era su primer gran amor. Un día desde su ventana le vio pasar camino del instituto, a partir de entonces todos los días se asomaba para verle.

 

         Se conocieron, por casualidad, a través de unos amigos comunes. Y al cabo de un tiempo empezaron a salir.

 

       Llevaban dos años juntos, habían roto en un par de ocasiones, pero siempre volvían, ahora parecía que las cosas estaban bastante bien, o eso creía ella.

 

        Mientras se dirigía a la cafetería donde quedaba todas las tardes con Jorge, Elena no sabía que ese día iban a cambiar muchas cosas.

 

        Entró en la cafetería y vio que Jorge no estaba solo, le acompañaba una pareja, un amigo de él, al que había visto en un par de ocasiones y la novia de éste, a la que no conocía.

 

        Después de las presentaciones de rigor y alguna que otra palabra de conveniencia, la conversación la monopolizó la chica. Empezó dando un repaso a conocidos comunes y después de un rato se las arregló para que el tema se centrara en una pareja, amigos de ellos, a la que Elena no conocía.

 

        ¡Pobre Pablo! – decía -, es que esta chica no le va a dejar en paz, no se da cuenta que no la quiere, pero ella insiste, ya no sabe como quitársela de encima, que le deje de una vez.

 

          Hacía rato que Elena se había dado cuenta que la tal pareja no existía y que si existía, no era de ellos de los que estaba hablando. Era una encerrona, estaba hablando de ella, pero fue incapaz de responder.

 

        Ya no oía nada de lo que se estaba diciendo, su mente trataba de asimilar esta situación, no entendía nada. ¿Por qué no se lo había dicho él? Nunca le había obligado a estar con ella, nunca le había perseguido.

 

        Se sintió insultada, menospreciada, menos que nada, sólo quería desaparecer, acabar esa situación de una vez, pero no habló, siguió allí como si no fuera con ella, como si no se hubiera dado cuenta que era de ella de quien hablaban.

 

        ¿Por qué no hablaba?, les diría tantas cosas, sobre todo a él, ¿Tan cobarde era?, pero se quedó callada y las palabras que no dijo se le retorcían en el estomago.

 

        Como si nada hubiera pasado salieron de la cafetería y se despidieron de la pareja, Jorge la acompañó a casa como siempre y se despidieron hasta el día siguiente como siempre. Nunca le volvió a ver.

 

        Elena no le llamó, él tampoco. Pero nunca se podrá quitar el dolor, la rabia y la frustración de aquél día.