El poder de las palabras

Aquellas palabras sonaron como cristal roto. Retumbaron sobre las paredes, sobre los muebles. El armario entreabierto devolvió el eco. Se le pegaron al cuerpo como una humedad fría que le llegaba hasta su mismo centro. Sacudió la cabeza intentando desprenderse de ellas, que obstinadas, seguían horadando, hiriendo. Se dejó vencer y por un tiempo gobernaron su mundo. Un tiempo muerto, estéril y árido. Un nuevo sonido, al principio débil, se fue haciendo fuerte a medida que lo escuchaba. Se levantó y dijo en voz alta: “Yo sí valgo”.

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Foto: Mujer tú que pintas con las nubes, de David Navarro

 

Pesadilla

Cuando Ester abrió los ojos aún era de noche. Allí estaba otra vez, a los pies de la cama; con su larga lengua —que paseaba por unos labios rugosos y húmedos— y los ojos fijos en ella, vigilando para saltarle encima. Contuvo la respiración e hizo lo que llevaba haciendo desde pequeña, desde que su madre lo llamó: apretó los párpados, murmuró “¡Por favor, vete! Seré buena”, y empezó a contar uno, dos, tres… al llegar a veinte los abrió, despacio. Aunque su madre ya había muerto, el monstruo seguía allí.