Carlos y Luisa


—¿Escucháis la canción, mi señor Carlos?

—Tranquilizaos, mi querida Luisa. Reposad y tomaos esta poción que ha preparado el galeno.

—¿Pero es que no lo oís?, me llega el sonido por esa ventana, vos lo deberías de escuchar también.

—Las ventanas están cerradas, y vos sabéis que tanto mi oído como mi entendimiento no son muy finos.

—Es la misma canción de siempre. La que me persigue desde que llegué a la corte. La que me culpa de la falta de descendencia.

—Creo que ya sé la canción que decís, a mi me hace mucha gracia. A ver, cómo era… “Parid, bella flor de lis, que en aflicción tan extraña, si parís, parís a España, si no parís, a París”. Qué ingenioso es el pueblo. Desde luego que sois la más bella flor de lis y no os preocupéis, en cuanto estéis recuperada, pensaremos en “parís”, no hay nada que quiera en este mundo más que a vos.

—No me recuperaré, me han envenenado, necesitan sucesión. Ellos creen que el problema es mío, me quitan de en medio y os proporcionan otra princesa fértil. Ya sé que me queréis, pero para tener hijos se necesita algo más que el amor. De nada valen los remedios ni los rezos, para tener descendencia deberíais haber yacido conmigo.

—Pero… si me acuesto con vos todas las noches.

—Estoy demasiado débil para explicaos la diferencia. Además, en cierta forma, si he tenido un hijo…, a vos.

—¡Bien!, eso significa que vos también me queréis.

—Escuchad, mi señor. Yo no os quería, yo quería a mi primo, el delfín, y ser reina de Francia. Cuando mi tío concertó mi boda con vos le rogué, le supliqué que no lo hiciera; fueron vanos mis intentos. Yo no quería casarme con “el hechizado”; todos, en la corte francesa, murmuraban de vuestras incapacidades e incluso llegaron a la corte las cancioncillas que os dedicaba vuestro “ingenioso” pueblo.

—¿A mí también me hacen canciones? Por favor, mi señora, cantadme alguna.

—Un niño, sin lugar a dudas. ¡En fin!, una de ellas decía: “el príncipe, al parecer, por lo endeble y patiblando, es hijo de contrabando, pues no se puede tener”.

—Pues también es muy graciosa, ¿no os parece? Pero ahora tengo una duda, ¿me queréis o no me queréis?

—Ya os he dicho que no os quería. La última vez que vi a mi tío fue en la capilla. Él se dirigía a rezar como cada día y allí, bajo aquél Cristo que nos miraba con su triste semblante, me postré de rodillas y le supliqué, por última vez, que no me obligara a casarme con vos. Sin dignarse a mirar hacia mí y apartándome de un empujón me dijo: “Sería gracioso que la reina católica de España impidiese que el rey cristianísimo de Francia fuese a misa”. No fue eso lo peor, si no que añadió: “Señora, deseo daros un adiós para siempre; la mayor desgracia que os  pudiera acontecer es que volvieseis a Francia”. Y aquí me tenéis, sin parir y sin poder volver a París. Poco importa ya nada de eso, pues moriré en breve.

—Amada Luisa, no digáis esas cosas. ¿Cómo viviré sin vos?

—Aprenderéis u os enseñaran. Veo que mis fuerzas me abandonan, pero quiero deciros una última cosa. Sin haberos querido, nadie os querrá como yo.

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