EL AMOR DE LUCÍA


Relato del quinto concurso. Premisas: el amor, en el cual, tenemos que salvar su vida, hasta el punto en el  que estaremos dispuestos a arriesgar la nuestra propia si es preciso. (Se utilizará el narrador en primera persona y el epistolar) Debemos escoger bien el desencadenante, y los diferentes puntos de giro, para que el desenlace nos haga culminar el sabor de dicha historia. Esta vez quedé en novena posición.

Mi vida se rompió hace diez meses, a las 12:00 de la mañana del 14 de mayo, cuando el doctor nos dio la noticia. Sin palabras rimbombantes, seco y frío, nos comunicó que tu vida se acababa, que te quedaba poco tiempo y solo un milagro podría impedirlo.

Era una rara enfermedad, con un complicado y maldito nombre que soy incapaz de pronunciar. Apenas había investigación sobre ella, lo único que podían hacer era administrarte fármacos para cuando apareciera el dolor, que aparecería.

La primera reacción fue negarlo, ¿no podía ser? ¡Tú, no!; después la rabia y la impotencia me convirtieron en un ser irracional, hasta el punto de querer agredir al doctor. Tu madre fue la que acudió en mi ayuda y —a pesar de su dolor— con gran esfuerzo, logró calmarme.

Con la información que nos proporcionó me dedique a investigar por internet casos parecidos. No me importaba el lugar del mundo donde tuviera que ir, si con ello conseguía salvarte. Aunque la búsqueda no fue fructífera, apenas unos tres pacientes con tus mismos síntomas, dos de ellos ya fallecidos y el tercero en fase experimental. Era un noruego, de 40 años, que estaba en el National Hospital University de Oslo, habían conseguido hacerle un trasplante con éxito, ahora estaban en espera de ver si remitía la enfermedad.

Dos días después me encontraba a las puertas del hospital. Con mi mal inglés, le expliqué a la recepcionista que necesitaba ver con urgencia al doctor Bergen; ésta, con una amplia sonrisa, me contestó que era imposible, necesitaba cita previa. Rogué, supliqué y al final amenacé con no moverme de allí hasta ver al doctor. No sé cuál de estas cosas hicieron reaccionar a mi interlocutora, quizá la desesperación que vio en mí, pero al final accedió a hacer una llamada por si hubiera posibilidad de que me recibiera.

Unas horas más tarde, en el despacho del doctor Bergen, éste me explicaba las pocas posibilidades y los múltiples inconvenientes de la enfermedad. Primero: encontrar un donante compatible, segundo: la vida del donante corría peligro y sin garantías de que el trasplante fuera efectivo. Me ofrecí voluntario, le dije que empezara haciéndome las pruebas necesarias para ver la compatibilidad, que lo importante para mí era salvarte. Me miró con una especie de tristeza en sus ojos, pareció vacilar, pero al final accedió a visitarte, tenía dos semanas libres y las aprovecharía para ver tu caso.

Al final no fueron dos semanas, más de tres meses estuvo en el hospital. Cada día que pasaba me sentía más seguro de que una parte de mí te salvaría. Ese sentimiento es el que me tenía en pie y no dejaba que me derrumbara cuando te veía consumirte un poco más cada día.

La mañana que nos iban a dar los resultados de compatibilidad, me encontré con que el doctor había vuelto a Noruega. Me dijiste que habían sido negativos y que él ya no podía hacer nada. A duras penas reprimí mi dolor, te llené la cara de besos, intenté dibujar una sonrisa y te prometí que seguiríamos luchando, que juntos lo lograríamos. Tú, sí que me devolviste una sonrisa auténtica, tus ojos, ya hundidos, tenían un nuevo brillo y contestaste: “Seguro, mi amor, seguro”

Hoy, 12 de febrero, a las 18:00, has dado tu último suspiro entre mis brazos. Hoy se ha ido mi vida. Cojo la carta que, entre sollozos, me entrega tu madre y apenas puedo leer tus últimas palabras.

¡Amor mío!

Solo te he mentido una vez, los resultados eran positivos, no podía permitir que pusieras en peligro tu vida. Puede que hubiera una posibilidad de salvarme, pero era más cierto que tú podrías morir. Te necesito vivo.

Vive, vive por mí, vive por los dos. El dolor pasará, cada día será menos intenso, no te hundas.

Necesito que vivas, tu vida será la mía. Sé que siempre estaré en tu corazón, por eso tienes que vivir, mientras tú lo hagas, yo seguiré viva.

Te amo con cada poro de mi cuerpo; miento si digo que no me importa irme: te dejo aquí. Has sido lo mejor que hubiera podido soñar.

Vive, mi amor, vive por mí.

Te quiero

Lucía.

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