Benington House


Este relato pertenece al segundo ejercicio, en el que nos pedían lo siguiente:

Henry james, Otra vuelta de tuerca

-En un texto cuya extensión no supere los 4200 caracteres, contando espacios en blanco.

-Escribe el principio de esta historia.

-Presenta a los personajes.

-Muestra el marco espacio-temporal.

-Esfuérzate en despertar expectativas, que el lector al menos se haga tres preguntas.

-Dosifica la información, y cuidado no despiertes expectativas involuntarias.

-Si ya has leído esta novela, busca un comienzo diferente y que sea creativo y original.

Vuelvo a verme en aquella imponente mansión, vuelvo a ver las luces parpadeantes del primer piso, vuelvo a sentir la misma sensación de humedad procedente del lago y vuelvo a sentirme pequeña e incapaz de  recorrer los pasos que me separan de aquella puerta.

Cuando murieron mis padres, mi hermana vendió la casa familiar y procedió al traslado de mi persona y mis pertenencias a su casa en un barrio nuevo, con pretensiones, de Londres.

Un día recibí una carta de un bufete de abogados ofreciéndome el puesto de institutriz para los dos hijos de James Brightman, con un sueldo más que considerable, el único requisito, si aceptaba, era trasladarme a la mayor brevedad a Stevenage en Hertforshire.

¿Quién era el Sr. Brightman? ¿Y cómo me conocía? Le enseñé la carta a mi hermana, esta se levantó como un resorte del sillón.

— ¿Sabes quién es… él?

—No, es la primera vez que oigo su nombre.

—Es uno de los hombres más ricos de Londres, viudo y con dos hijos, no entiendo que te hayan escrito a ti.

—Esperaba que tú lo supieras.

—Sea como sea, debes responderles ahora mismo, no puedes perder esta oportunidad.

La oferta era excelente, sobre todo porque podría irme lejos de ella. A los dos días de mandar mi respuesta, el cartero me entregó otra misiva en la que incluían el pasaje de tren para Stevenage, desde allí  un carruaje me trasladaría a Benington House. La marcha era para dos días más tarde y los dediqué a empaquetar las pocas cosas que llevaría conmigo.

Cuando llegué a Benington House eran más de las nueve de la noche, apenas había luz, la ligera bruma que subía del lago desdibujaba el contorno de la mansión, no se distinguía con claridad pero tenía un aspecto impresionante.

No había llegado a las puertas cuando una de ellas se abrió y un mayordomo me invitó a seguirlo hasta una salita. Una mujer madura, de rostro severo y vestida totalmente de negro, se acercó a recibirme mientras ordenaba al mayordomo que subieran el equipaje a mi habitación, me estrechó la mano y dijo:

— ¿Srta. Hayes?, espero que haya tenido buen viaje, soy la Sra. Rogers, el ama de llaves.

—Encantada Sra. Rogers, un poco ajetreado

— ¿Desea cenar algo?

—Gracias, lo que necesito ahora es descansar.

—Como quiera, la acompaño a su habitación, está al lado de la de los niños, ya los conocerá mañana en el desayuno, a las siete en punto.

Salimos al recibidor y nos encaminamos hacia las escaleras, mientras iba subiendo sentí un escalofrío. En la primera planta avanzamos por un pasillo donde las luces no cesaban de parpadear; un señor bastante mayor se cruzó con nosotras, le di las buenas noches pero no me contestó, me pareció extraño y le pregunté a la Sra. Rogers:

— ¿Quién es?

— ¿Quién es… quién? —respondió la Sra. Rogers.

—El señor que acaba de… —dije volviéndome y señalando en la dirección del anciano, pero no había rastro de este por ningún lado.

La Sra. Rogers no hizo más comentarios y yo me dediqué a seguirla en silencio, pero con una extraña sensación. Después de dejarme instalada en la habitación, no sin antes volver a recordarme la hora del desayuno, se marchó.

Antes de las siete ya estaba en el comedor; mientras la doncella preparaba la mesa me dediqué a mirar por las ventanas que daban al jardín. El anciano de la noche anterior y una señora de su misma edad caminaban despacio bajo los árboles, de pronto aparecieron corriendo unos niños que se colgaron de sus brazos, la mujer miró en mi dirección y haciendo un gesto alejó a los niños. Un ruido de pasos a mi espalda me hizo volverme.

—Buenos días Srta. Hayes, veo que es muy puntual.

—Buenos días Sra. Rogers, estoy deseando conocer a los niños.

—Siéntese, llegarán en unos minutos.

No terminó la frase cuando dos pequeños irrumpieron en la habitación, eran idénticos, rubios, con mejillas coloradas por la excitación y un aire angelical en sus caritas.

— ¡Niños, son esas formas de entrar! —les recriminó la Sra. Rogers— la Srta. Hayes va a pensar que sois unos maleducados.

—Srta. Hayes, estos son Paul y Richard.

—Hola Paul, hola Richard —dije alborotando sus cabellos—, ¿venís de correr un poco por el jardín?

Se miraron y con cara seria respondieron a la vez:

—Srta. Hayes acabamos de bajar de nuestra habitación.

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