CUENTO DE HADAS


Crecemos con los cuentos de hadas, las princesas encantadas, los príncipes azules y los castillos de ensueño. Pasa el tiempo creces y creces y te das cuenta que tu realidad nada tiene que ver con los cuentos, pero queda el poso, y te sigues sintiendo una cenicienta en espera de su príncipe, y da la casualidad que lo encuentras: en realidad ni es príncipe ni tiene castillo, pero da igual, lo construyes con él, pones  unos cimientos de amor, trabajo, decencia ; y tu castillo va subiendo, una planta, dos, una muralla bien robusta que resista las embestidas, con sus almenas bien altas para atisbar en el horizonte el ataque de posibles enemigos e incluso un foso ( si no encuentras cocodrilos, pones lagartijas, ya crecerán), para hacer más inexpugnable tu castillo.

Y pasa el tiempo, y tu castillo no es el de Fantasía de Disney, pero dentro tienes a tu rey, un príncipe y una princesa, ¡que  ya hubiera querido Walt para su película!. Y los muros cada vez más altos, más fuertes.

Y sigue pasando el tiempo, tu princesita encuentra a su príncipe (que a ti no te guste da igual, tragas), como es tu princesa aceptas las visitas de su  príncipe, incluso le asignas alguna tarea relacionada con tu reino (pagando eso sí) y sigue pasando el tiempo.

Tu princesita ya había decidido que estudiar no iba con ella y como siete pares de…, ella sola buscó y encontró trabajo, como para tu reino no son necesarios sus ingresos, los ahorra para hacerse el suyo propio.

Y pasa y pasa el tiempo y vuelan  sus ahorros porque a su príncipe (pobre, no puede trabajar, tuvo un accidente y tiene mal la espalda) hay que ayudarle a comer, a vestir,  a vivir en un lugar mediamente decente; y ningún vestigio de castillo en el horizonte.

Y pasa y pasa y pasa el tiempo, y ya no puedes más y le dices al príncipe que es un mantenido y la princesita se va dando cuenta, y piensa y piensa y le dice al príncipe que ese no es su cuento.

Entonces es cuando el príncipe destronado arremete contras tus muros, a fuerza de golpear abre boquetes en ellos, pero las almenas siguen firmes y  los cimientos bien anclados al suelo.

Nos deberían contar de pequeñas lo que pasaba después del “fueron felices y comieron perdices”.

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