Elena tenía 39 años cuando entró a trabajar en aquella empresa. En la oficina había dos chicas y un chico. Luisa, de unos 30 años llevaba trabajando en la empresa 8 años, Esther  de 22, hacía un año que estaba allí, y Jesús, el contable, también llevaba unos 7 años.

 

-Os presento a Elena, será vuestra nueva compañera- dijo Tomás, el director y dueño de la empresa.

-Hola Elena, encantada, yo soy Luisa.

-Yo soy Esther, encantada.

-Hola Elena- dijo Jesús.

 

Allí se encontraba, siendo observada y evaluada por aquellas personas. Estas situaciones son las que peor llevaba; estaba acostumbrada a dominar el ámbito en el que se desenvolvía, cuando había situaciones nuevas se empequeñecía.

 

-Este será tu lugar de trabajo, ya te dirán tus compañeros lo que tienes que hacer- dijo Tomás, y añadió – si eres capaz en un año de dominar todos los aspectos de la empresa, que son muchos, aquí puedes ganar mucho dinero (¿??).

-¿Sabes utilizar el ordenador?- dijo Jesús.

-Si, utilizo Word, Dbase, Excel- dijo Elena.

-¿A nivel usuario?-dijo Jesús.

-No, he estado trabajando cinco años en una academia dando clases, entre otras asignaturas, de informática.

-¡Ah!

 

El comienzo fue difícil, no le facilitaron nada, no le encomendaban ninguna tarea, se pasaba los días leyendo el manual del programa específico (que no usaban) del ordenador. Se lo hicieron pasar realmente mal, más de una vez, si no hubiera sido por su situación económica, habría cogido el bolso y se hubiera ido a casa.

 

Era una oficina atípica para aquella época, no estaba informatizada, todo se hacía a mano, el único ordenador que había lo tenía el contable y la especie de ordenador que tenía el programa de la empresa, estaba en un rincón y se utilizaba más bien poco. También había una máquina de escribir (eléctrica, no vayáis a pensar mal), en la que se escribían las cartas y se hacían las facturas.

 

Poco a poco se fue haciendo un hueco, y ya le daban trabajos para hacer, eso sí los que no querían ellos, pero trabajo a fin de cuentas.